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Vida Joven

¡Ponle lentes de humor a la vida!

6 Mayo 2006

Camino del infierno

Janet Marilyn Hernández

Ahí está, reluciente, la placa dorada llena de agujeros. Él sabe que debajo está un túnel que parece eterno, tanto como puede imaginar, pero menos que su condena.

Entonces, levanta la placa y mira hacia dentro. La oscuridad lo atrae con un magnetismo inesperado. “Abajo está Lucifer”, piensa y retrocede un poco, pero el influjo es inevitable y de nuevo se acerca. Mira. Concluye: “Es perfecto”.

El silencio es el rey de la noche. Arma una escandalosa fiesta de gritos callados y se estrella retumbando en cada rincón de su mundo. Y es que, para él, el mundo mide cuatro metros, cuando mucho, y la atmósfera es de hierro. Él siente que eso es suficiente, demasiado tal vez. Allí caben suficientes retazos de memoria como para querer escapar.

“¿Escapar de qué?”, piensa de repente. Ha olvidado de qué quiere huir; ha olvidado que quiere hacerlo. Pero insiste viendo el agujero y con la determinación propia de esos casos, si es que ha habido un caso igual alguna vez, se adentra y descubre la estrecha amplitud del túnel.

Anda a través del hueco y en el camino tropieza con el rostro de ella… “¿Dónde estará y con quién?”, siente celos. Se encuentra con su mamá, la vieja Claudia, que hace años sufrió un dolor que la sacó de combate y con Carlos, su amigo de siempre al que no recuerda por qué, pero hace tiempo no le habla. Da un traspié con la añoranza de su oficio de poeta y aún dentro del túnel escribe:


“Amargas lágrimas llora mi tristeza por ti, Armenia. Lo amargo de que te fuiste y lo amargo de que no vuelvas. Lo amargo me sabe dulce cuando pienso en tu belleza, en tus vuelos de alas rotas y mi invariable torpeza; en tu voz de acordes simples y tus ansias de grandeza. Amargo lloro por ti, por tu siempre y tu nunca, Armenia”.

Sigue su marcha imparable hasta que ve la luz al final. De inmediato reflexiona basándose en sus recuerdos de la Caracas libre: “si salgo al centro, debo borrarme rápido. Si salgo al este, puedo ir a verla a ella. Si salgo al oeste tendré cuidado, pues quizá aún sea igual de peligroso”.

Acelera su caminar, el agujero es suficientemente grande como para que él no deba arrastrarse. La prisa le hace evitar los retazos de verdad que lo embisten como las hojas cuando caen de los árboles y nos golpean la cara. Él sigue y ya no camina. Corre. Corre como el atleta que lleva la antorcha hacia el pebetero, ignorando que la antorcha tal vez sea él mismo.

Llega y un olor azufroso le hace sentir que se asfixia. Cierra los ojos como quien tranca para siempre un sarcófago y abre la boca intentando respirar, pero una llamarada lo ataca de frente pasando por su garganta hasta calcinarle el alma. Aún siente que no está muerto.

Entonces, el demonio le arranca los ojos y los engulle con ansias. Aún así él ve. Y, de repente, la voz tranquila de Armenia lo libera de su martirio:

-Leandro… desde ese día supe que estarías aquí, pero no imaginé que fuese tan pronto. Perdóname.

-¿Perdonarte por qué, Armenia? Yo te amo, yo no tengo nada que reprocharte… ¿Dónde estamos, amada mía? ¿Cómo es que estás tú aquí? ¿Cómo sabías que escaparía?

-Pronto descubrirás el lugar. Yo estoy aquí por lo que te hice con Carlos… me maldijiste con todo tu amor y por eso quienes mandan aquí y allá decidieron que éste es mi lugar. Tú estás aquí por lo que nos hiciste después. Carlos aún no sabe dónde estará, pero espero que no nos acompañe. Y supe lo del túnel, porque parte del tormento es saber muchas cosas, Leio… ¿Recuerdas cuando te decía así: “Leio”?

-Lo he recordado todas las noches en ese lugar, pero no entiendo… yo... ¿En realidad escapé?

-Una de las cosas divertidas dentro de tanto sufrimiento es que puedes leer los diarios el día antes… cuando las cosas pasan, ya sabes que serán noticias y recibes tu ejemplar… mira esto:

“El poeta Leandro Godoy murió ayer en su celda en la cárcel de Tocuyito. Se conoció que el deceso fue por asfixia cuando el escritor intentaba escapar a través de un túnel de amplitud insuficiente, introdujo la cabeza y quedó imposibilitado de sacarla para recibir oxígeno. En el penal, Godoy cumplía pena de 28 años de prisión por el homicidio de su esposa, Armenia Torrealba y el amante de ésta Carlos Eiziaga”.

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Sobre mí

Unidad biótica de la selva de concreto divagando entre la poesía, los cuentos y la crónica... Intentando ser un híbrido de escritora y periodista.

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