Dios viene en un avión
Janet Marilyn Hernández
Te vas porque eres cómplice del diablo en su juego perverso de depararme el infierno. Te vas y porque te vas es que temo quedarme, no sola en el mundo, sino sola sin mundo. Porque tú eres mi agua, mi sol, mi universo. Tú eres todo lo que quise y eres todo lo que quiero. Tú eres la hora de mi tiempo, mi verdad y mi deseo, mi estrella y mi firmamento.
A veces el diablo quiere que lo miremos a los ojos y nos manda de golpe mil peleas, mil insultos, mil enojos… Y tú que con tus celos, tus caprichos, tus ideas… con tu terquedad de bolsillo y tus conflictos portátiles le dedicas la mirada que debió ser tuya, que debió desvestirte sin tocarte, que debió admirarte: le entregas mi mirada que nunca se cansará de buscarte.
Le entregas, pues, mi alma y él la engulle con prisa. Sabe que no será por siempre, pero será definitiva su gloria maligna de matar nuestras vidas y reírse de su muerte aun viéndolas vivas.

A veces el diablo quiere que sintamos el infierno en las entrañas y nos hace tragarnos su malicia, mientras se regodea viendo que cada vez menos me extrañas, menos me piensas, menos me llamas… que poco a poco y sin dudar se ha apoderado de tu alma, de tus frases inocentes, de la forma en que me amabas.
Le entregas, pues, tu amor y él lo convierte en desprecio. Sabe que el odio no es siempre pero el dolor será eterno. Te arrebata de mi lado y tú aún sabes que nos queremos, que no somos nada solos, que nos urge tenernos.
Dios viene en patineta o, tal vez, viene corriendo y es decisión tuya dejar que nos alcance y recupere nuestros sueños o huirle a pasos cansados y que el diablo rompa nuestro cielo.
Dios viene en un avión dispuesto a salvar lo nuestro.
