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Vida Joven

¡Ponle lentes de humor a la vida!

31 Agosto 2006

Rogelio a la Presidencia

¿Qué se necesita para aspirar a la Primera Magistratura? Parece que entre más payaso sea uno, mejor le va en el negocio de la política

Janet Marilyn Hernández

“Yo sí me lanzo a Presidente”, dijo mi pana Rogelio mientras veía televisión. Él estaba convencido de que no hacía falta virtud alguna para llegar a la cabeza del Poder Ejecutivo. Contrario a ello, pensaba que entre más bulla se haga más éxito se obtiene y estaba dispuesto a hacer ruido de todas las formas posibles.

El día que decidió lanzarse a la Presidencia lo dijo en tono eufórico y sereno al mismo tiempo. Habló rápidamente, como hablan todos los de su sitio natal, pero se notaba calma en sus palabras; un extraño sosiego propio del que sabe que irremediablemente hará el ridículo y aun no siente miedo alguno de poner la torta.


Se encogía de hombros mientras las groserías salían de su boca al tiempo que decía que podía manejar el país igual como había manejado su próspera arepera, o empresa, como la llamaba él. Sus alpargatas de lentejuelas y su sombrero maltrecho eran la mejor de las perchas pues, aunque todos sabíamos que Rogelio estaba nadando en monedas, él encontraba más divertido ser la forma viviente de algún personaje costumbrista, de algún tipo nacional venido a menos, de alguna comiquita de pueblo.

“Si Arnold Schwarzenegger pudo, yo también. Él vive en un país de gente que más o menos piensa y aún así lo eligieron; en cambio yo vivo en un circo donde lo único que falta es un payaso de verdad y yo, debo decirlo, soy uno muy bueno.

La gente me ha aplaudido durante décadas al verme burlándome de ellos mismos. Sí, porque eso es lo que he hecho: inventarme un personaje que ridiculice al venezolano. En el fondo, tal vez, porque no siento orgullo alguno de haber nacido en aquel caserío escondido en esa isla que muchos llaman perla y no es ni siquiera una canica.

Si tanto es el problema me meto en un gimnasio y me pinto el pelo de rojo, que ya el brillo de mis lentejuelas me hace ver como Terminator. Es más, aquí la gente escoge a los Presidentes por su físico y por las ridiculeces que digan en la campaña. Yo puedo ser un combo de todos los candidatos, inscritos o no, para agradarle a todo el mundo.

Me puedo pegar una caraota en la frente para quedar igualito al actual. Me mando a implantar pelo en el entrecejo para parecerme al otro. Igualmente me puedo tallar una palabra en la cabeza, para parecerme al Alcalde. Si empiezo a hablar golpeao les recordaré al maracucho y, con toda certeza, si me dejo una chivita podré lucir <> como el otro de los retirados.

Te lo digo en serio, comae. Comiendo torontos y diciendo refranes alcanzaré la meta y si algún periodista se me alza le diré que a mí no me jode él y que nada me hará autosuicidarme.

En este país no se necesita un Presidente, sino un bufón. Así todos estarán jodidos, pero contentos. Les haré cadenas para contarles mis chistecitos vulgares de siempre y ellos las verán mientras comen cotufas.

A las mujeres, las del Escuadrón Silicona –si no me arrepiento y le cambio el nombre- les ofreceré becas para que se aumenten las pechugas y luzcan como Yuyito, mientras que a los hombres les repartiré Viagra lanzándoles las pastillas desde un helicóptero”.

De esa manera Rogelio seguía esbozando su plan de gobierno, que no era más que el desvarío de un tipo que se volvió loco de tanto repetir los mismos chistes tanto tiempo. De repente, empezó a recordar algunos de los candidatos que hemos tenido, y se vanagloriaba con la idea de ser aún más mamarracho que ellos:

“¿Te acuerdas del tipo que tenía de logo una escoba? Yo puedo tener de logo cualquier cosa: un pedazo de piedra… Porque eso sí te lo aseguro: mi candidatura le va a hacer botar la piedra a más de uno.


Y en mi campaña habrá patrocinantes. Total, ya hubo uno que se lanzó con el emblema de un refresco. Yo tengo mi parque y mis restaurantes y puedo promocionarlos: si no gano, por lo menos tuve un largo período de cuñas gratis.

Si una vez se lanzó un brujo, yo puedo lanzarme como rey, príncipe, conde, barón… lo que sea. Al fin y al cabo a la gente no le importará si yo tengo o no un plan político. Sólo les va a interesar que yo sea famoso”.

Seguía hablando de su estrategia para llegar a la Presidencia. Se rascaba la cabeza, los brazos, las piernas, tal como si tuviese pulgas. Se limpiaba la nariz de modo casi obsesivo y giraba rápidamente el sombrero, para divertirse con el sol cayendo y rebotando en cada lentejuela.

Hasta ese momento yo había callado para no perturbar sus reflexiones y, en el fondo, porque me preocupaba oírlo desvariar de esa manera. Sin embargo, las cosas que dijo después me obligaron a interrumpir su monólogo y dar paso a un diálogo del que salí con las tablas en la cabeza:

-Hace días estuve buscando la manera de llamar la atención cuando me vaya a inscribir –decía-. Si el candidato de la vez pasada llegó a caballo, yo podía llegar en una morrocoya…

-¿Una morrocoya? Estás loco… morrocoya es la mascota de…

-Lo que pasa –interrumpió, tal vez sin notar que yo había hablado- es que lo pensé mejor y supe que hablar de morrocoyes sería una propaganda indirecta al otro…

-Una moto, entonces… pero ¿de verdad quieres ser Presidente? –interrogué incrédula- Porque, no es por nada, Rogelio, pero tú no te gobiernas ni a ti mismo.

-Este país no necesita que lo gobiernen, sino que lo diviertan –dijo algo molesto-. Entonces dije que iría en perro, pero qué va, comae… los perros muerden, además de correr muy rápido…

-No sólo eso… la gente tiene perros y les daría lastimita un gordo jinete de un can –Acoté.

-Así que decidí ir en burro: un pollino chiquito, flacuchento… así les haré recordar la entrada de Jesús a Jerusalén y los obligaré a considerarme un Mesías…


Ahora mi desconcierto no tenía límites… ¿Mesías? ¿Rogelio? Sólo de imaginarlo predicando las enseñanzas de su padre se me ponía la piel de gallina. El viejo estaba medio loco, usaba el pelo largo y hablaba cosas sin sentido. Decía que su hijo sería un galán de telenovelas y por eso le hizo estudiar teatro, aunque todos sabíamos que de galán no tenía nada.

A veces, lo que el viejo articulaba sólo eran sonidos guturales, pero él decía haber recibido el don de las lenguas y que los huevos fritos dibujados en sus platos de peltre, eran la muestra irrefutable de que –según él- había hecho el milagro de freír huevos con los que se comía siempre y no se acababan nunca.

Mientras pensaba en eso olvidé atender el discurso de Rogelio. Él siguió hablando, pero no puedo recordar qué dijo. Cuando volví al mundo real, al ahora de entonces, él había cambiado el tema; había decidido su medio de transporte y yo no había podido evitar que siguiera formándose ideas absurdas…

“Eso sí, como yo no tengo ningún dominio de nada, lo mejor es que me copie del vigente, como los tipos que quieren quitarle la novia a otro: me hago el idiota y copio su patrón para que me vean algo de apariencia presidencial. Así que me pienso llevar un pito, pitar y decir <<¡Paaa´jueeeraaaa!>>, igual como él dijo. Ya sabes, no hay nada mejor que decir que a uno le molesta algo de alguien y copiarlo luego para llamar la atención. Diré que ahora es él y todos los suyos los que están despedidos”.

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Unidad biótica de la selva de concreto divagando entre la poesía, los cuentos y la crónica... Intentando ser un híbrido de escritora y periodista.

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