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¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

24 Enero 2008

¿INICIACIÓN? CLARIFICACIONES DESDE EL SIMBOLISMO ASTRAL


Dicho concepto implica en un primer momento la identificación del yo con el mundo de la emanación, con los estados informales de la manifestación, y, después, con la Divinidad.

¿Qué simbolismo aplicar a la Divinidad? Habrá de tratarse de un símbolo considerablemente elevado, que sobrepase a todos los demás. El plano astrológico nos sugiere un símbolo tal: es el centro de la circunferencia y, a otro nivel, la circunferencia misma en cuanto línea indivisa.

Dejemos por el momento el centro. Si nos referimos a la circunferencia, que, en el sistema solar, viene representada por la eclíptica, es claro que el eje nodal establece los puntos de contacto entre la órbita lunar (ámbito del alma) y la eclíptica (plano del espíritu). Por tanto, quien se identifique con la eclíptica a través de uno de estos puntos o, mejor, a través del nodo ascendente, estará en condiciones de comprender mejor el símbolo de la Divinidad.

En rigor, hay 360 maneras de insertarse en la eclíptica, o sea, en el símbolo de la Divinidad. Por consiguiente, sólo una comunidad trascendental puede vivirlo de manera global (a otro nivel, el amor al prójimo es la exploración del campo total de la humanidad, pues sólo ésta agota el ámbito de la circunferencia).

Así, pues, un concepto de "iniciación" entendido a partir del simbolismo de la circunferencia no parece plantear dificultades.

Sí parece haberlas,en cambio, cuando tomamos el punto central, "el punto de insostenible brillo", un tema que se halla presente, por ejemplo,en el Bien de Platón, que no podemos mirar directamente y, antes todavía, en la Biblia, cuando se habla de que Moisés no podía mirar el rostro de Dios, sino sólo su espalda, o cuando Elías percibe que Dios estaba en el susurro.

Morir o quedar ciego son dos maneras de expresar lo mismo: la idea de que el ojo es el Sol del cuerpo, un Sol que no puede compararse con el verdadero Sol, del que es sólo el reflejo; o, en otros términos, la idea de que el Sol es el ente humano, un Sol que no puede compararse con el divino Sol.

En efecto, de la misma manera que resulta imposible contemplar el Sol de frente sin quedar cegado, tampoco es posible contemplar a Dios cara a cara. A cierta distancia, se puede recibir el calor y la vida del Sol sin perecer, pero no se le puede afrontar visualmente. El calor es entonces símbolo de la vida, en tanto que la luz directa lleva consigo la ceguera. Por consiguiente, uno de los mejores símbolos de la iniciación (al menos tal como se la entiende corrientemente) es " el ojo que enfrenta al Sol". Así, pues, el ojo humano sería el símbolo del hombre, y el Sol visto de frente, la iniciación. De esta forma, una realidad mundana nos sirve para comprender analógicamente la imposibilidad de eso que llamamos "iniciación".

Tan sólo las "lentes" de la fe ("aunque es de noche" -dice san Juan de la Cruz) hacen viable la contemplación de Dios, de un modo similar a como se recibe otro tipo de energía solar, la calorífica, sin ser destruído, al menos cuando se mantiene uno dentro de los límites adecuados.

En cualquier caso, podemos coexistir con el Sol

siempre que nos mantengamos a cierta distancia.

A la luz de tal constatación resulta fácil comprender la necesidad de equilibrar cualquier exceso "dionisíaco", para emplear un término cómodo, por la mesura "apolínea", cualquier delirio o embriaguez inmanentista mediante la cordura que viene del reconocimiento de la divina trascendencia.

Por eso el simbolismo de Plutón (el planeta más alejado, el que,por consiguiente, señala la periferia, la "manifestación concreta" del "centro" que es el Sol) parece particularmente idóneo para describir los riesgos de la experiencia "iniciática". Y entonces se comprendería que la "iniciación", al ser cosa de Plutón, supondría la autodestrucción del "iniciando", su muerte y desaparición en la totalidad (nos viene inmediatamente a la mente el concepto freudiano de "thánatos", la "muerte"), no por identificación episódica con ella (a la manera de Neptuno), sino como desaparición ante ella o aniquilación operada por ella (claro está que semejante destrucción habría que conectarla con un Plutón en malos ángulos: nos las habríamos en tal caso con una especie de "anti-Sol", con un "Sol destructor"; "más brillante que mil soles" se dice de la explosión nuclear, con una expresióndel Ramayana recogidapor Robert Oppenheimer).

La fisión nuclear es, pues, un símbolo de la destrucción negativa de la materia, no de su transfiguración. ¿Qué representa entonces Plutón? Más allá de la identificación neptuniana con la Divinidad en un "éxtasis" que permanece un tanto exterior al sujeto, Plutón no es sino la transformación requerida en uno mismo para afrontar el diálogo con la Divinidad. Esa sería la auténtica iniciación, la que nos muestra iluminados por la luz de Dios y vivificados por sucalor, lo que nos permite ser "Dios por participación", al decir del místico de Yepes.

Por eso, Si Plutón es la "muerte", el Sol es la "resurrección". Si Plutón es la "tiniebla", el Sol es la luz sin ocaso. Así nos es otorgada la vida tras la muerte de nuestro "ego", pero no en el sentido de una destrucción del yo o del ser, sino de una transfiguración. De todos modos, si queremos llevar las cosas a sus últimas consecuencias, el simbolismo que mejor refleja la búsqueda de la "iniciación" en sentido peyorativo, todavía mejor que un mal Plutón, es un mal Sol, sobre todo en aspectos conflictivos con Neptuno y Plutón.

Y es que la crítica del concepto de "iniciación" entendida en este último sentido lleva consigo la crítica de la definición de Dios como Posibilidad Universal y no como Acto Puro y como Ser.

En efecto, el concepto de Dios como Posibilidad Universal equivale, en definitiva, al de Infinito, que se basa, por tanto, en una negación, en una no-identificación con nada. Y, a semejanza de lo que ocurre con el infinito numérico, Dios no tendría fin, como no lo tiene la serie numérica. Ahora bien, desembocamos entonces en un ente de razón, no en una realidad, pues la realidad es acto, y Dios, Acto Puro.

Por lo demás, concebir a Dios como la Posibilidad Universal no es lo mismo que hacer "teología negativa", pues ésta se refiere a la "via negationis", que niega en Dios toda imperfección que pueda contenerse en concepto mundano. Y es que la "via negationis" ha de ser completada con la "via afirmationis" y la "via eminentiae". En efecto, la teología negativa solo tiene sentido sobre la base de la afirmativa: "Inter Creatorem et creaturam non potest tanta similitudo notari quin maior sit dissimilitudo notanda".


Ahora bien, si nos preguntamos por la índole de Realidad, los esoteristas en general contestarían diciendo que es el No-Ser, que se sitúa más allá del Ser. Frente al No-Ser, cualquier realidad no es más que ser y, por consiguiente, ilusión. No tiene sentido un diálogo entre ser y No-Ser, pues, en último extremo, no hay más que No-Ser. Por eso la visión que de Dios dan las religiones es ilusoria para los esotéricos: en último extremo, no hay Redención, ni Revelación, ni Resurrección, ni Reino de Dios. Todo ello es ilusión.

¿Es posible describir astrológicamente el tránsito de la mentalidad "ingenua" al esoterismo? ¿Y del esoterismo a la fe cristiana y católica?

A la primera pregunta hay que contestar negativamente, puesto que, al final, la Posibilidad Universal se presenta como pura negación de cualquier símbolo. Si acaso, podría describirse de manera indirecta, apelando a la deformación que supone la vertiente negativa de un símbolo. En realidad, lo que ocurre es que aquella negación vive sin darse cuenta de la afirmación que todo símbolo comporta.


También habrá que responder negativamente a la segunda pregunta, puesto que no cabe descripción astrológica (como no sea indirecta, al igual que en el caso anterior) de la Posibilidad Universal.

Es curioso cómo la trascendencia del Principio tal como es entendida en el esoterismo postula un "puente" hacia ella desde la inmanencia, un puente que no es la gracia, sino la meditación y la concentración que disuelven al ente finito en el Infinito. Es decir, que la distancia excesiva o la Posibilidad Universal que caracteriza al Infinito exige el contrapeso de la "Identidad Suprema", la única forma de "compensar" aquel exceso. No es de extrañar que el "No hay más Dios que Dios" pase de implicar al hombre como "sumiso" a considerarlo como "todopoderoso": no hay equilibrio entre el Creador y su creatura, pues el primero es demasiado celoso como para soportar a ningún ser finito en su presencia. Así, no es difícil pasar de un "¡Hágase la voluntad de Dios" a un "Yo soy la voluntad de Dios".

Por último, ¿cabe una descripción astrológica del tránsito de la mentalidad "ingenua" a la fe? Sí, en la medida en que todo símbolo tiene un contenido analógico y,al aplicarse a Dios implica afirmación, negación y eminencia. Esto en lo tocante a la "demostración" racional de la existencia de Dios o al conocimiento "natural" de Dios.

En cuanto a la fe, que implica la participación gratuita en el Ser de Dios, puede expresarse igualmente en términos de analogía, esta vez de "participación", como dicen algunos escolásticos, es decir, supuesto el don de la revelación y de la gracia por parte de Dios, se expresará mediante símbolos astrológicos convenientemente purificados, de un modo similar a como la experiencia mística se formula en un lenguaje previamente acrisolado, un lenguaje al que el "carbón encendido del Serafín" ha vuelto "incandescente".


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Soy un cristiano católico ávido de "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.

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