DE LA "GUERRA EXTERIOR" A LA "GUERRA INTERIOR"

No es mi intención entrar en consideraciones políticas, estratégicas, económicas u otras afines sobre el fenómeno de la guerra. Mi perspectiva es distinta: me daría por satisfecho si estas breves líneas ayudasen a alguien a reflexionar profundamente sobre una lacra que desde los orígenes aflige a la humanidad.
La guerra aparece como un fenómeno de extensión universal. Apenas ha habido época en la que la humanidad dejase de sufrir semejante azote, con la agravante de que, conforme pasaban los siglos, las cosas iban de mal en peor, hasta llegar al “civilizado” siglo XX, que ha colmado la medida.
A pesar del precepto de “no matar” promulgado en el Sinaí y presente de un modo u otro en las diversas culturas a través de la llamada “ley natural”, la humanidad en su conjunto no ha podido escapar a la práctica contraria, siempre vigente en el plano individual y que encuentra su expresión colectiva en conflictos cada vez más devastadores. Negros augurios parecen cernerse, pues, sobre nuestra Tierra y calamidades sin cuento nos esperan…
¿Por qué el género humano no ha sido capaz de superar la guerra, no obstante conocer la ley natural, sea mediante la propia conciencia, sea por medio de la revelación del Sinaí? ¿No existirá una imposibilidad radical de poner en práctica, entre otros muchos, el precepto de “no matar”?
Conviene señalar que el estado de guerra en que vive la humanidad y que se intensifica en determinadas épocas (lo llamaré “guerra exterior”) no es más que la consecuencia de la “guerra interior” en que se desarrolla la existencia de muchos individuos.
No voy a detenerme en examinar la causa de ese estado de guerra permanente: una catástrofe primordial (los cristianos la denominamos “caída original”) separó al hombre del ámbito divino y, a la vez, de sí mismo. Al perder su unidad, el hombre se convierte en campo de enfrentamiento entre su voluntad y sus pasiones, su mente y sus sentidos, sus intenciones ocultas o inconscientes y su propósito patente.
De ser un microcosmos, una síntesis en miniatura de Naturaleza y Espíritu, el ente humano estalla en mil fragmentos. De vivir la apertura al otro y la solidaridad universal, pasa a concebirse a sí mismo como un yo autónomo y separado, lleno de deseos contradictorios. De experimentar la comunión entre su cuerpo (trasunto de
Por eso hace “no el bien que quiere, sino el mal que aborrece” o, como reza el Salmo: “Dicen: paz, paz, pero no hay paz”. Por eso la superación de la guerra no es posible mientras el hombre individual no supere en sí la “guerra interior” que lo enfrenta consigo mismo. ¿Cómo dejar atrás esa “guerra interior”? ¿Cuáles son las etapas del camino?
En este punto, el pensamiento de Kierkegaard nos ofrece importantes sugerencias. No basta con un comportamiento esteticista frente al mundo, un comportamiento que hace tabla rasa de la moral y contempla el mundo como un fenómeno puramente estético. Pero tampoco es suficiente una conducta inspirada en criterios morales: la realidad concreta (en el caso que nos ocupa, la guerra), al ser confrontada con el ideal moral de la paz universal, crea en el hombre ético una frustración cada vez mayor, al no disponer de los medios para llevar a la práctica aquel ideal. Un hombre lúcido que no haya abandonado esta esfera desembocará forzosamente en el cinismo o en la desesperación: es lo que suele ocurrirles a quienes con la mejor voluntad militan en partidos o asociaciones que, supuestamente, perseguían la realización de un ideal moral y que luego han terminado por mostrar un rostro bien distinto.
¿Cuál es la raíz del fracaso de los comportamientos esteticista y moralista? Evidentemente y como señalaba Kierkegaard, su postura autárquica frente a lo divino, la ausencia de planteamientos religiosos o el abierto rechazo de los mismos. Por eso son incapaces de acceder a la transformación por la cual se trasciende la guerra interior.
Y, puesto que la guerra exterior, la que se emprende contra el enemigo externo, no es más que el reflejo de la que se libra en el interior del hombre, se comprende la dramática situación de la humanidad en tanto no se produce una verdadera conversión religiosa de los individuos.

jose miguel dijo
Hola Emilio,
estoy de acuerdo contigo.
25 Marzo 2008 | 11:26 PM