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¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

22 Abril 2008

MÁS ALLÁ DE LAS INFLUENCIAS ASTRALES

Aunque la realidad física se estructure de acuerdo con los astros o a imagen suya, es indudable que "astra inclinant, non necessitant". En efecto, el movimiento de los astros mide el tiempo físico, mientras que nuestro espíritu, de por sí, se mueve en un "tiempo discreto" semejante al de los ángeles, es decir, en una ausencia de tiempo que sólo adquiere carácter temporal en la medida en que la voluntad se enfoca en el mundo sensible; otra cosa es que, por su unión con el cuerpo, participe también del tiempo continuo. ¿Acaso el plano universal, sin el cual no sería posible la actividad de las "potencias" del alma (memoria, entendimiento y voluntad), está bajo el influjo astral? No, puesto que opera con conceptos universales, aplicables a cualquier ente particular situado en este u otro espacio, así como en cualquier época, pasada, presente o futura, y, por consiguiente, rebasa el espacio y el tiempo. Así, pues, el mundo cambiante es captado por los sentidos, ellos mismos sometidos al influjo astral, y determina nuestros apetitos y nuestros actos de memoria referidos a lo particular. No así el mundo del pensamiento, la voluntad y la memoria racionales, libres del tiempo y, por tanto, del influjo astral.



Por otro lado, en los conceptos universales hay que distinguir varios niveles: los denominados grados de abstracción (cada uno de los cuales va acompañado de un nivel de reducción fenomenológica, hasta llegar al más elevado, al trascendental; así se manifiesta la creciente capacidad de formar mundos cada vez más complejos e interiorizados, a diferencia de lo que ocurre con el mundo "natural"): 1º grado: abstracción de las diferencias individuales, las cuales se sitúan en el espacio-tiempo cuando hablamos de la materia. No así cuando las referimos a entes puramente espirituales.2º: abstracción de todo, excepto la cantidad (por tanto, de lo individual como de lo específico).3º: abstracción de todo: sólo queda la noción de ser en cuanto ser y su "encarnación" en la multitud de los entes.

En el primer caso nos las habemos con una capacidad que trasciende el espacio-tiempo, es decir, la materia. En el segundo nos movemos en el ámbito puramente matemático, que Platón sitúa más acá del reino de las Ideas. No así los aristotélicos, que lo colocarían más allá de las ideas que sólo prescinden de la individualidad. Ahora bien, hay que distinguir entre los números cualitativos de Platón y los números como cantidades. Los primeros son ideas; los segundos también lo son, pero referidas a cantidades, de manera que no poseen ningún significado como tales ideas. La inmaterialidad del entendimiento se sitúa aquí a un nivel superior. En el tercer caso, el término de la abstracción no es otro que el "ser de los entes", la noción misma de "ente" y lo que le otorga su condición de tal. Ente es un concepto individual; ente es la cantidad; pero no es ente el ser que de todos participan. Dicho ser es análogo, pues se aplica a la vez a lo creado y a lo increado, de modo que la inmaterialidad del entendimiento que puede captarlo es máxima, puesto que nos sitúa en el horizonte mismo de la Causa Primera.

La captación del ser equivale, en definitiva, a la captación de la "esencia de las esencias" : esto nos ayuda a comprender de algún modo la distancia entre espíritus y espíritus, al menos desde el punto de vista del intelecto. No es lo mismo moverse con soltura en el ámbito de los tres grados de abstracción, que no ser capaz de elevarse al segundo y, menos todavía, al tercero. Otra cosa es deducir la existencia del Ser Supremo, responsable de la existencia de todos los entes, incluidos los espíritus, capaces de encararse con la noción metafísica de ser. Pues entre la captación del ser y la apropiación del mismo hay una distancia, la que separa a la creatura del Creador. Sólo la reintegración de las esencias en las cosas (es decir, la asunción del aquí y del ahora por el ámbito inespacial e intemporal, del mismo modo que el cuerpo es asumido por el espíritu y forma estrecha unidad con él) puede colmar el abismo entre unas y otras. Por tanto, a la operación "solve" sigue la operación "coagula", de manera que la disolución del cuerpo va seguida de la coagulación del espíritu. Solo así podemos concebir, siquiera de modo imperfecto, la resurrección del cuerpo o, al menos, su espiritualización, siempre a partir de la condición redimida del ser humano, que nos dio la posibilidad de elevarnos desde nuestra situación de caídos.

Y, de este modo, podemos entender la transformación de la materia que nos rodea a partir de nuestro cuerpo glorioso. Pues la materia de la que partimos y de la que está formado nuestro cuerpo, al ser espiritualizada primero mediante el proceso de abstracción para ser "homologada" al espíritu, y al ser "homologada" después a nuestro cuerpo por medio de la reintegración, va preparándose para salir de su servidumbre, pues "la creación entera sufre dolores de parto" hasta que se produzca la manifestación gloriosa de los hijos de Dios. Por eso, la materia que nos rodea, como la vida, la conciencia y la autoconciencia han de ser reducidas y reintegradas, hasta formar parte de la nueva creación.

Y la responsable máxima de la reintegración de estos niveles no es otra que la humanidad, que los incluye todos. Pues "Dios no hizo la muerte" y la "justicia es inmortal". Por tanto, en la medida en que nuestro cuerpo es espiritualizado, induce a su alrededor el proceso de espiritualización de la entera creación, pues "en Cristo todos somos nuevas creaturas".

Por eso hay espíritus y espíritus, como hay cuerpos y cuerpos. Es decir, la materia es objeto de espiritualización en la medida en que se ejerce el poder abstractivo, mientras que el espíritu se encarna o se materializa en cuanto que su "volatilidad" se "condensa". (A la luz de estos conceptos puede entenderse la tesis según la cual algunos pasajes de Aristóteles podrán ser comprendidos por el Anticristo en un sentido invertido. En efecto, la concepción aristotélica de "introducir las ideas en las cosas", puede mantenerse dentro de unos límites, o bien ser entendida como una inversión del movimiento por el cual se pretende mover el mundo "desde abajo" o "desde la periferia", en lugar de hacerlo "desde el centro" (Por lo demás, si las cosas funcionan según un orden normal, ello obedece a que el desorden introducido en el mundo no es completamente diabólico, lo que desembocaría en un absoluto caos, sino sólo parcialmente).

Por tanto, la glorificación del cosmos pasa por la del ser humano, que desempeña funciones vicarias de Dios en el cosmos. Y es la humanidad que constituye el Cuerpo Místico la mediadora de tal transformación. Pues en la humanidad la materia viene elevada al nivel de la autoconciencia, pasando por la vida y la conciencia. Y, en la medida en que es elevada, la materia en sí sufre una metamorfosis, pues, de ser algo meramente fáctico u objetivo, deviene parte del ser humano. De ahí la novedad del planteamiento fenomenológico: no hay, propiamente hablando, "realidad en sí" (lo cual no implica subjetivismo alguno), sino realidad para un sujeto (el "darse" de las cosas), ya sea el del primer nivel fenomenológico, ya sea el más alto.

Por eso, más allá del "Yo trascendental" está el "Nosotros" y, después, el "Sí". Y éste es el sentido más profundo del "Cuerpo Místico", cuyos componentes constituyen aquellos "miembros" de que habla san Pablo, cada uno de los cuales desempeña una función irreemplazable. Así, el "Cuerpo Místico" es como el "Sí" en el que se integran los distintos "yoes" que forman la comunión eclesial.

Pues bien, en virtud de nuestra triple condición, corporal, anímica y espiritual, podemos vivir en el mundo de la intemporalidad e inespacialidad (como conviene al espíritu), en el espacio y en el tiempo (como corresponde al cuerpo) y en el tránsito de uno a otro (como es propio del alma, la instancia mediadora). Y el espíritu, aunque habitante del mundo inespacial e intemporal, puede hacerse cargo del tiempo mediante la transposición simbólica de la jerarquía de orden en sucesión temporal y de la noción de multiplicidad en situación local.

Trasladado esto al problema de los influjos astrales, implica lo siguiente: a diferencia del cuerpo, que viene completamente determinado por ellos, y del espíritu, que permanece libre frente a los mismos, el alma experimenta la tensión entre fatalidad y libertad, se constituye en lucha permanente entre una y otra. Ahora bien, según en qué plano vivamos centrados, así estaremos sometidos a los astros, libres de ellos o en continua tensión entre ambas posibilidades.

¿Qué es entonces un tema astral? Un conjunto de condicionamientos y de características, si lo contemplamos desde el cuerpo; una memoria, un intelecto y una voluntad que se definen por análogas características en el plano espiritual y que ya no se mueven en el espacio-tiempo; y el movimiento de vaivén entre uno y otro ámbito. Por ejemplo, en el plano corpóreo, Sol en tal grado de Aries llevará consigo ciertas conexiones privilegiadas entre “corazón” y “cabeza”, y análogas en el plano espiritual; a la vez que un ir y venir entre aquéllas y éstas. Esto es lo importante: que sepamos activarlas todas como conviene.

Según la mayor o menor fuerza de un planeta, así hay que concebir una característica corpórea o espiritual, como también su mutua interacción a través del alma.

Todo ello se sitúa en el plano de la "naturaleza", o, para ser exactos, de la "naturaleza caída y redimida". Por eso cabe corregir cualquier desviación mediante la "gracia", lo único que puede curar las malas tendencias, ya sean de nacimiento u "originales", ya se deriven de malos hábitos contraídos a lo largo de la existencia. Éste y no otro es el sentido del "astra inclinant...".





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Soy un cristiano católico ávido de "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.

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