Supuesto que el año litúrgico es el modo en que la acción salvífica de Cristo se expresa en el tiempo de la Iglesia, ¿cuál es el ritmo de la “historia sagrada”?
En primer lugar, se trata de comprender el avance espiritual de la Iglesia de un ciclo litúrgico a otro. Para ello acudiremos al conocido simbolismo de la Luna llena que antecede a la Pascua, pues es el factor que determina y define las fiestas móviles. Pero ¿en función de qué las define? Evidentemente, habrá que establecer un punto de referencia a partir del cual la Luna llena diferencia a un ciclo de otro. Ese punto de referencia u “origen” no es otro que el eje equinoccial, que pone en contacto los planos ecuatorial y eclíptico, es decir, terrestre y solar (o, análogamente, corpóreo y espiritual), pues la Luna llena pascual es justamente la primera después del equinoccio. Y apenas es necesario subrayar el simbolismo eclesial de la Luna, como señalan no pocos Padres y autores cristianos.
¿Qué quiere decir esto? Que el plano sobrenatural y deiforme en que se mueve la liturgia, en sí eterno y no mensurable, se define en relación con el tiempo humano a través del tiempo cósmico, que constituye, pues, el basamento “natural” sobre el que incide el “año de Cristo”.
Hay que observar que en la Escritura el tiempo se mide mediante el periodo sabático (7=6+1, a imagen de los 6 días de la semana más el domingo, a su vez imagen de los 6 “días de la creación” más el reposo sabático). A un nivel superior se sitúa el periodo jubilar hebreo (50=(7x7)+1, a imagen del sabático y que supone una integración a otro nivel del periodo sabático tomado como unidad. La Iglesia no utiliza explícitamente el periodo jubilar, aunque sí tácitamente, puesto que celebra el “Jubileo” cada 25 años, la mitad de 50.
Por lo demás, el ritmo jubilar se enmarca dentro de los 6 milenios (los dos últimos, a contar desde la venida de Cristo, marcan la llegada de la “plenitud de los tiempos”) que algunos Padres atribuyen a la humanidad “adámica” y que constituirían la fase propiamente espiritual o sobrenatural de la humanidad. En lo que respecta al séptimo milenio, el tiempo o eón al que se refiere no es equiparable a los 6 anteriores: hay que concebirlo por analogía con el séptimo día, el del “reposo”. Eso quiere decir que, propiamente hablando, formaría parte, en cierto modo, de las “estribaciones” de la eternidad.
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