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¿Sexto sello? El blog de Emilio Saura Gómez

"Y el sol se volvió negro..."

2 Agosto 2008

¿CÓMO ESTRUCTURAR UNA SITUACIÓN CÓSMICA?

Dado un momento temporal, ¿cómo estructurarlo directamen­te? Aparte del tema horario, ¿existe algún otro procedimiento de "control" para la intuición o idea básica que lo resu­me? Quizá el mejor sea la cifración de la palabra o del texto que la expre­sa. El problema es el de los valores numéricos pertinentes. Pero debemos, en cualquier caso, aprender a expresar la idea en cuestión mediante el lenguaje habitual y, ante todo, pensarla, puesto que el "conceptus mentis" es lo primero. Y eso aunque comencemos por sentir una realidad o sintonizar emocionalmente con ella. Evidentemente, esto sólo es válido para el caso de que la realidad en cuestión posea cuerpo; de otro modo sólo cabe conectar con sus emociones y con su espíritu.

Todo sistema de símbolos ha de aplicarse siguiendo estos criterios, a saber, centrándose en lo físico en el caso de que se trate de un ser dotado de cuerpo; y en lo que no es físico, en otros casos. Lo importante es saber de cuántos niveles o "cuerpos" consta el ser al que se aplica(siempre desde la óp­tica fenomenológica, aun cuando se trate de "datos revelados"; en tal caso habrá que ordenarlos o clarificarlos racionalmen­te, al menos hasta donde sea posible). Y, si no conocemos el número de niveles, razonar analógicamente para encontrarlos a partir de la realidad corpórea, del macrocosmos, sin olvidar que, como consecuencia de la caída del hombre y de su poste­rior redención, las categorías "naturales" se hallan penetra­das por el ámbito divino.

Ahora bien, si no cabe expresarse sin lenguaje, sí cabe pensar sin él, al menos sin referencia a un lenguaje concre­to.Luego se plantearía el problema de la expresión, pero, por lo pronto, no es necesario.

¿Qué es lo último con que se encuentra el pensamiento, lo más radical? Jerarquía de abajo a arriba: 1)cosas artificia­les/ 2)entes naturales de los tres "reinos"/ 3)entes humanos, todos ellos dotados de cuerpo/ 4)ideas respectivas de todos esos entes, ordenadas en el plano abstracto como los entes concretos a que se refieren/ 5)idea global de la "totalidad de las cosas artificiales"/ 6)idea global de la "totalidad de los minerales", etc. La idea más global de todas, la del "universo" o la de "todo cuanto hay"; y, por último, me encuentro con la "causa u origen de todo cuanto hay". ¿Qué papel juega en esta descripción el pensamiento? Es claro que, en cuanto cuerpo, yo soy un ente más del universo, bien que me caracterice como un cuerpo más cualificado que el que me sale al encuentro en la mayoría de los entes. Es, en efecto, el cuerpo de alguien capaz de pensar la totalidad del universo y, por lo tanto, el cuerpo de alguien en situación de "universalizarse".

¿Y qué es esta "universalización"? Parece que la capacidad de vivir a escala de la "totalidad" sin dejar de ser una "parte" de ella. Mi con­dición concreta es inseparable, pues, de semejante poder de universalización y, por consiguiente, mi "yo" no se restringe al cuerpo, sino que se expande sin fin hasta englobar el uni­verso. Esto quiere decir que mi verdadero yo rebasa indefinida­mente mi cuerpo, ya que se mueve en el ámbito de las "Ideas", en sí transespacial y transtemporal. En cambio, este cuerpo localizado en el espacio y en el tiempo es limitado y carece, en principio, de la facultad de trascenderlos. Por mucho que el cerebro vaya ligado al pensamiento, es claro que las neuronas son incapaces como tales de viajar en el espacio y en el tiem­po. Sin embargo, en el mundo corpóreo sirven de referencia para comprender el fenómeno del pensamiento, de la misma manera que los sonidos y la palabra escrita sirven de referencia para comprender el fenómeno del lenguaje, que expresa no sólo con­ceptos singulares, sino también y sobre todo ideas universa­les, sustraídas como tales al ámbito espacio-temporal.

¿Quiere eso decir que en nosotros hay algo de eterno? No, si por tal se entiende lo que no tiene principio ni fin y está sustraído radicalmente al tiempo. Más bien habría que hablar de una dura­ción(la del intelecto mismo) en la que se inserta la facultad de "sobrevolar" los sucesivos instantes del tiempo(pasados y futuros), como también la multitud indefinida de los lugares del espacio. De la misma manera que nuestro intelecto posee la capacidad de "sobrevolar" este u otro lugar concreto del espa­cio, dispone de la facultad de "sobrevolar" este u otro ins­tante del tiempo. Universaliza o totaliza, pues, el espacio y el tiempo; vive, por consiguiente(la mayoría de los casos, sin saberlo) en la extensión indefinida y en el tiempo sin fin. Y, al igual que se eleva de las cosas concretas y corpóreas a las ideas, rebasa un tiempo y un espacio concretos hacia sus res­pectivas ideas, hacia las ideas globales del espacio y del tiempo, que así aparecen como algo indefinido e inabarcable a lo que está abierto mi espíritu. Por tanto, si este tiempo("a­quí") y este espacio("ahora") son concretizaciones o realiza­ciones del espacio global y del tiempo indefinido, es claro que estos últimos constituyen la idealización o intensifica­ción-ampliación de aquéllos.

Con todo, esta universalización la lleva a efecto un intelecto inmerso en el transcurrir(menos en la extensión espacial), por más que, desde él, pueda deve­nir contemporáneo de todos los tiempos y espacios bajo la for­ma eidética. Hay que hablar, pues, de inmortalidad a propósito del intelecto, puesto que experimenta el tiempo sin estar en­cerra­do (como el cuerpo) en un tiempo limitado. ¿Cómo habría de es­tarlo a la materia y, por tanto, a la descomposición?. Sin em­bargo, no experimenta la eternidad aun cuando sea capaz de "sobrevolar" este u otro espacio o tiempo. Y es que todo parece indicar que la mortalidad y la descomposición es al cuerpo como la "inmortalidad en la sucesión" es al espíritu. Uno y otro estaban destinados, al decir de la tradición, a partici­par de la condición eterna de Dios, que no sólo abstrae del tiempo y del espacio concretos la idea global del transcurrir y de la extensión, sino que los domina de raíz y no está suje­to a ellos.

Cualquier participación en la actividad creadora de Dios supone, pues, una identificación con los diferentes planos y movimientos anteriores. Comprendido el proceso mediante el intelecto, la voluntad, situada más allá de las influencias astrales, se sirve de ellas para gobernar el propio cuerpo, pues "sapiens dominabitur astris". Y una vez adquirida la libertad sobre los condicionamientos astrales, se abre a la totalidad del macrocosmos, contribuyendo en lo posible a que las influencias astrales sean lo menos dañinas posible. Sin embargo, no debería actuar de manera mágica y, menos todavía, como aprendiz de brujo. Por otra parte, hay un santuario en el que no puede penetrar: la voluntad ajena. Con todo, a través de la oración, puede influir en ella en la medida en que apela a la acción de la gracia. Y, más profundamente, adhiriéndose con todo su ser a la obra redentora de Cristo, a saber, identificándose con la Virgen. En definitiva, sólo debe actuar identificándose interiormente con el plan divino, de un modo análogo a como, en su actividad cotidiana, procura mantenerse unido a Dios por medio de la oración.

UNA CUESTIÓN TODAVÍA MÁS DIFÍCIL, POR NO DECIR IMPOSIBLE DE RESOLVER: ¿Cabe que la figura astral sea un símbolo perfecto del destino final de una persona o de una situación? Aunque lo fuera para la mente divina, nosotros no debemos darla por inamovible, ya sea absolutamente favorable, ya sea excesivamente desfavorable. Por consiguiente, nuestra interpretación de un tema ha de ser lo más globalizadora posible.

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Soy un cristiano católico ávido de "comprender, con todos los santos, qué es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa toda ciencia"(Ef 3,18-19). Por lo demás, someto mi parecer al juicio de la Iglesia.

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