¿ES POSIBLE LA SIMULTÁNEA CONJUNCIÓN DE ESTULTICIA Y MALDAD?

Cuando examinamos los dichos más o menos célebres que sostienen la incompatibilidad de ambas, tales como el de
Ante calamidad tan enorme, el reflexivo no puede dejar de preguntarse al modo kantiano por las “condiciones de posibilidad” de semejante suceso: ¿Cómo es posible un necio malvado o un malvado necio? ¿Quizá de modo alternante, es decir, de manera que un mismo sujeto es necio para unas cosas y perverso para otras?
Esta solución plantearía no pocos problemas, que se resumen en uno: cómo conciliar los campos de la necedad con los ámbitos de la maldad de manera que todavía podamos seguir hablando de “un” sujeto. Así, al hablar de la jornada “normal” del “trabajador de un crematorio”, Max PIcard observa espantado cómo en la vida de éste pueden unirse hechos tan heterogéneos como ir de compras, asistir a la Ópera o felicitar a sus amigos en su onomástica, aparte de sus actividades cotidianas en el crematorio.
Por eso conviene definir bien los términos. Acostumbrados como estamos a identificar necedad con simple ignorancia, la conjunción a que aludimos en el encabezamiento resulta imposible. No así cuando consideramos al necio como lo que es: uno que no sabe, y no sabe que no sabe. Imposible, por tanto, enseñarle nada.
Para semejante sujeto, que no tiene conciencia de sus límites, la maldad es como una segunda naturaleza: atrincherado en su resentimiento y situado de una vez por todas en su no saber, ha alcanzado un punto de no-retorno, de manera que, contemplado desde su propia perspectiva, su no saber se convierte en un saber absoluto y sin límites. Lo que dice
Señala el Salmo; “Dijo el necio en su corazón: no hay Dios”. La terrible obnubilación de la inteligencia que es la necedad comporta la depravación de la voluntad. Se puede ser ignorante de esto y lo otro, lo cual no conlleva ningún tipo de maldad. Se puede ser malo por contravención de este o aquel mandamiento, y ello no implica necedad en el sentido radical antes señalado. Pero no se puede ser necio sin ser perverso.
Viene a la memoria la tesis de Platón según la cual el mal procede de la ignorancia. Ahora bien, en el contexto de que hablamos y sin entrar en dilucidaciones más precisas, la mencionada tesis admite una interpretación radical, en el sentido de que la maldad más profunda es la que va acompañada de la necedad, hasta el punto de que casi se identifica con ella. Naturalmente, estamos hablando de la serie de los actos en los que se manifiesta (aunque sólo hasta cierto punto) un yo moral de cuyos ocultos entresijos no podemos ni debemos juzgar.
El “Génesis” habla del “Seréis como dioses”, la tentación diabólica que presenta al hombre la posibilidad de de “situarse más allá del bien y del mal” o, lo que es igual, de “obrar el bien o el mal” según convenga y al albedrío de las circunstancias.
Pues bien, desde que Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, la necedad crece de manera exponencial al igual que la sabiduría, y la perversidad a la vez que la bondad , como se nos dice en la parábola del trigo y la cizaña.
“El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap 22,11).
A medida que uno avanza en la experiencia de la vida, la constatación de semejante “crescendo” nos lleva de pasmo en pasmo, a no ser que el crecimiento simultáneo de la fe nos dé fuerzas para comprenderlo. No en vano Juan Pablo II aludía a los diques o barreras que Dios ha puesto al desencadenamiento del mal. “De no abreviarse aquellos días…”, dice el Apocalipsis. Por lo demás, los maestros espirituales nos exhortan a no explorar las profundidades del mal y a renunciar a toda curiosidad al respecto.
