cisma
Estático, el tiempo dormita y queda orillado entre un pulso desacelerado y una respiración contenida en el tránsito. Ojos vendados y latidos briosos; un juego sin un final, de metas por incumplir, quizá sortear, descabalgarse de ellas ante la doma inminente. Una duda vitalicia que inquieta el pie a tierra y hace partir los esfuerzos allende nuevos horizontes. Un servilismo pactado en mil noches de insomnio y otros mil días de sueños, en pulsos a contrincantes bragados que apisonen las lagunas silenciosas del deber. Caen deprisa los designios en maduras evidencias lastrantes. Y sus impulsos evocadores de gestas debidas aplacan el ansia hasta dormitar el cisma con la realidad aplastante.
